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A
usted... ¿qué le parece?
por
Luis Puig Durante
la ocupación Napoleónica de Egipto fue descubierta en la ciudad de Rosetta
una estela de piedra basáltica negra con inscripciones en griego, demótico (antiguo egipcio en cursivas) y jeroglíficos.
Conocida mundialmente como “la piedra de Rosetta”, se convirtió en la
llave (algo así como un traductor electrónico de nuestros días) para
descifrar e interpretar los abundantes jeroglíficos que fueron legados a la
posteridad por la maravillosa y enigmática civilización del Nilo. En
esta época, el desarrollo tecnológico y su crecimiento, a pasos
agigantados, nos ha llevado a la importación de terminologías y creación
de neologismos que, si no nos habituamos pronto a ellas, nos pueden llevar a
problemas de comunicación y la posterior segregación de aquellos que se
quedan a la zaga. No
obstante que para las nuevas generaciones sea algo rutinario, para quienes
nacimos de la mitad del siglo XX hacia atrás todavía nos llega a
sorprender la innovación, pero sobre todo la velocidad con que se innova. Pero
la terminología actual nos agobia de a poco y nos complica la
cotidianeidad: hace unos días, mientras manejaba en carretera, descubrí un
rechinar cada vez que pisaba los frenos de mi auto. A mi regreso, lo llevé
con mi mecánico de cabecera para que le revisara el tal rechinido y si era
necesario le cambiara “balatas” (¡empezamos con las palabritas!). Muy
docto, el ingeniero me pidió que diéramos una vuelta para escuchar el
rechinido y empezar a formarse un diagnóstico. Dimos la vuelta a la manzana
mientras en mi cabeza comenzaba a tomar forma la idea, temida por todo
propietario de auto, de que pudiera tratarse de algo más complicado. “Déjamelo
para que lo revise, pero casi seguro son las “balatas” y quizá este
golpeando el “caliper”...” (¡bolas!) El
primer encuentro que tuve con ese dichoso “caliper” fue hace
aproximadamente diez años. Era un carrito Ford que tenía por mal vicio, el
gusto de viajar en grúa. Cuando giraba en alguna esquina tronaba como si se
le hubiera atorado algún alambre en el eje. El diagnóstico: Se le zafó el
“caliper”. En ese momento y para no parecer ignorante dije: “está
bien, si hay que cambiarlo que sea”, aunque no tenía la menor idea de lo
que tenían que cambiar. Por el nombre y con un poco de imaginación concluí
que el multimentado “caliper” era alguna clase de artilugio sofisticado
con diseño original para despegues espaciales, o quizá, el propio nombre
de una nave espacial: “Caliper I reportándose a base tierra, ¿me
copian?”, sin embargo, han sido tan frecuentes mis encuentros con el
famoso dispositivo que ahora mas bien creo que es un duendecillo irlandés
enviado para hacerme la vida imposible con un manejo miserable causado por
incesante rechinar. En
ocasiones me pregunto ¿qué pasaría si la tecnología fuera generada de
este lado de la frontera? ¿qué pensaría el potencial conductor de un
flamante “Burrito” modelo 2007 con tracción en las cuatro ruedas si, al
llevarlo al servicio mecánico el especialista le dijera (en perfecto inglés
de barrio neoyorkino): “¡sorry! Your
car has a broken “molcajete”, and its pieces hit the “guajolote”? Sin
embargo, para como son de prácticos los güeritos, muy pronto estarían
empleando su tradicional vocablo que resuelve cualquier aprieto idiomático:
“watchamacallit”, que en nuestro idioma puede ser traducido como “el
comosellame” ¿No
sería bueno que nuestros mecánicos dispongan de su “piedra Rosetta para
ignorantes en términos y nombres importados? O, ¿simplemente decirnos:
“anda mal del “comosellame”, que sirve para sujetar los frenos”? A
usted... ¿Qué le parece? * Se siguen recibiendo propuestas para elaborar el listado de las Siete Maravillas de Tulancingo Las
siete maravillas... de Tulancingo
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