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A
usted... ¿qué le parece?
Una
piedra en el camino...
El
Papa Adriano IV, de nombre Nicolás Breakspeare, (Saint Albans, Inglaterra,
1100- Agnani, Italia, 1159), el único Papa inglés de la Historia, de camino a
su palacio tras haber pronunciado un sermón contra el Emperador Federico I, al
que incluso había amenazado de excomunión, se detuvo a beber agua de una
fuente cuando, de manera accidental, una mosca entró en su garganta donde se
quedó alojada. Los médicos que acudieron de inmediato ante la emergencia, nada
pudieron hacer y el Papa murió asfixiado.
Nadie
pudo prever que la endemoniada mosca en incierto vuelo atinase a caer en la
garganta del celestial representante causando su terrenal muerte.
Así
como este personaje, el resto de los mortales también estamos sujetos a esas
leyes de lo “imprevisto” o “accidental” aunque no necesariamente con tan
funestas consecuencias: Acompañado de mi esposa y mi hijo menor, salí de la
ciudad de Poza Rica con destino a Tulancingo. Diez kilómetros mas adelante,
después de haber rebasado a algunos trailers y una camioneta de las llamadas
SUVs., vi acercarse a mi, en dirección contraria, uno de esos camiones de
volteo rojo que circulaba a gran velocidad. Unos cincuenta metros antes de
cruzarnos, vi que de una de sus llantas traseras se desprendía algo grande: una
piedra de alrededor de veinte a veinticinco centímetros que, en veloz
trayectoria me impactaría de frente. Temiendo lo peor ante lo inminente, frené,
“amarrando” el auto al pavimento y con el temor de recibir un golpe, también,
en la parte trasera de la camioneta recién rebasada. Una lluvia de finísimos
cristales saturó el ambiente interior de mi compacto bañándonos por completo
(¿cómo se depositaron los vidrios dentro de mis calzones? Es algo que siempre
permanecerá en el misterio.) afortunadamente, la piedra rebotó hacia arriba y
volvió a caer en el roto cristal que aguantó sin abrirse completamente gracias
a la película colocada de fábrica con ese fin. Después, algún trozo de la
misma piedra voló hacia el frente y abajo perforando el radiador y dejándome
sin posibilidad de seguir viaje hasta lugar seguro en donde poder comprar y
cambiar el parabrisas. Sin acotamiento en este tramo, rodé unos quinientos
metros hasta la entrada de un rancho donde pude comprobar que no había daño físico
mayor en ninguno de nosotros. Del camión, ni sus luces. La SUV que venía detrás
no se detuvo, ni el intento hizo. Con escasa señal, casi nula, reporté desde
mi celular el percance al 066 de Poza Rica aunque de inmediato me arrepentí
ante la pregunta obligada: -“¿Anotó usted las placas del camión?”
–“ni tiempo tuve de verlas” -“¿están usted y sus acompañantes
bien?” –“todos bien” –“entonces, no hay nada que podamos hacer”.
Recordé
que tengo “asistencia en el camino” a través de mi línea celular y
marqué al único número que conozco de la compañía: *123. Como ya dije,
la recepción era bastante mala y para colmo, casi no tenía batería. Después
de varios intentos, entró la llamada y la primera grabación “TELCEL le
recuerda que no realizamos promoc.....” treinta segundos de introducción
y otra grabación: “gracias por llamar a TELCEL, si usted desea consultar
su saldo, marque uno. Si desea conocer.... marque dos. Circulo azul...
marque tres” y así hasta: “si desea asistencia marque nueve”. Marco
nueve y otra grabación: “si desea asistencia para pagos... marque uno, si
desea..... marque dos. Si desea hablar con un representante, marque cero.”
Marco cero y la voz de una señorita fastidiada: -“gracias por llamar a
TELCEL, le atiende ............ (nunca entiendo sus nombres y menos en ese
momento) ¿con quien tengo el gusto?” –“señorita, mi nombre es Luis y
tuve un percance, necesito atención...” me interrumpe y dice –“¿me
puede repetir su nombre?” –“ Luis. Necesito ayuda ya que tuve un
percance en carretera” –“¿me dicta su número telefónico a diez dígitos?”
se lo dicto y nuevamente –“le repito su número... ¿es usted el Sr.
Fernando Moreno Estrada?” –“no señorita, mi nombre es Luis Puig y
necesito ¡AYUDA!” –“permítame señor Moreno porque sus datos no
concuerdan, no me cuelgue” y sin darme tiempo a nada me deja escuchando música
a niveles molestos. Después de un rato que me pareció eterno:
–“gracias por esperar señor Moreno...” ahora interrumpo yo con
desesperación –“¡no soy el Sr. Moreno! Le digo que tuve un accidente y
no tengo batería, estoy tirado en algún lugar donde la recepción es mala
y me urge poder hablar con alguien que me resuelva mi situación, para eso
pago este servicio!”. Por fin, después de otros tres o cuatro
intercambios de palabras me dice: “por favor, marque asterisco trescientos
desde su celular.”
Llamo
al citado *300 y como por arte de magia me resuelven el problema, la persona que
me atendió (desgraciadamente no recuerdo su nombre pero le agradezco en lo que
cabe) se encargó de tramitar lo conducente y me envió una grúa que nos trajo
hasta Tulancingo.
Entre el accidente
y la llegada de la grúa, transcurrieron tres horas. Gran parte de ese lapso, se
perdió gracias a la pésima atención que me otorgó la señorita TELCEL. Me
pregunto: ¿por qué nos portamos mal con quienes se encuentran en desgracia? ¿por
qué hacemos difícil lo que, demostrado, era tan simple?
¿ASTRONAUTAS?
O... ¡ASTRONACOS! El “Comosellame”
El
ejército en policía Las
siete maravillas... de Tulancingo
Autopista
de limosna
El Escorial...
Tertulias...
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